Sistémica y literatura

 Poemas de Wislawa Szymborska. Relaciones de pareja, vínculos. El destino. El tiempo. La identidad.








AMOR A PRIMERA VISTA

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
—quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún «lo siento»
o el sonido de «se ha equivocado» en el teléfono—,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?
Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.

Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

(De Fin y principio)


PERSPECTIVA

Se cruzaron como dos desconocidos,
sin gestos ni palabras,
ella de camino a la tienda
él de camino hacia el coche.

Quizá entre la consternación,
o el desconcierto,
o la inadvertencia,
de que por un breve instante
se amaron para siempre.

No hay sin embargo garantía
de que fueran ellos.
Quizá de lejos sí,
pero de cerca en absoluto.

Los vi desde la ventana,
y quien mira desde arriba
se equivoca con mayor facilidad.

Ella desapareció tras una puerta de cristal,
él subió al coche
y arrancó rápidamente.
Así que no pasó nada
ni siquiera si pasó.

Y yo sólo por un momento
segura de lo que vi,
intento ahora en un poema casual
convenceros a Vosotros, Lectores,
de que aquello fue triste.

(De Dos puntos


DIVORCIO

Para los niños el primer fin del mundo de su vida.
Para el gato un nuevo dueño.
Para el perro una dueña nueva.
Para los muebles escaleras, golpes, carga, descarga.
Para las paredes claros cuadrados tras los cuadros
                                                                        [descolgados.
Para los vecinos de la planta baja un tema, una pausa
                                                                        [en el hastío.
Para el coche mejor que fueran dos.
Para las novelas, la poesía - de acuerdo, llévate lo que
                                                                              [quieras.
Peor para la enciclopedia y el vídeo,
ah, y para el manual de ortografía,
donde tal vez se explique el tema de los dos nombres:
si todavía unirlos con la conjunción "y",
o ya separarlos con un punto.

(De Aquí)


INSTANTE

Camino por la ladera de una verdeante colina.
Hierba, florecillas en la hierba,
como si fuera un cuadro para niños.
Un neblinoso cielo ya azulea.
Una vista sobre otras colinas se extiende en silencio.

Como si aquí nada hubiera de cámbricos, silúricos,
ni rocas gruñéndose las unas a las otras,
ni abismos elevados,
ninguna noche en llamas
ni días en nubes de oscuridad.

Como si no pasaran por aquí llanuras
en febriles delirios,
en helados temblores.

Como si solo en otros lugares se agitaran los mares
y desgarraran las orillas de los horizontes.

Son las nueve y media hora local.
Todo está en su sitio en ordenada armonía.
En el valle un pequeño arroyo cual pequeño arroyo.
Un sendero en forma de sendero desde siempre hasta siempre.

Un bosque que aparenta un bosque por los siglos de los siglos, amén,
y en lo alto unos pájaros que vuelan en su papel de pájaros que vuelan.

Hasta donde alcanza la vista, aquí reina el instante.
Uno de esos terrenales instantes
a los que se pide que duren.


UNA DEL MONTÓN

Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.

Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.

En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a la medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.

Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos individuo.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.

Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo el cristal de un microscopio.

Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.

Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.

Un tipo de mala estrella
que para otros brilla.

¿Y si despertara miedo en la gente,
o solo asco,
o solo compasión?

¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?

El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.

Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.

Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.

Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera
lo que habría significado
ser alguien completamente diferente.

(De Instante)




 Infancia, inocencia vs. culpa, padres e hijos, raíces, identidad. Realidad vs. fantasía, exclusión, proyección. Anomalías del habla, pertenencia, secretos y tartamudez. Incomunicación, creatividad y escritura como terapia.







Cómo empecé a escribir

«Al decir "cómo empecé a escribir", no me refiero a un sistema a seguir para ser escritor ―si es que existe, que lo dudo― sino más bien a la búsqueda de algunas motivaciones, motivaciones que siempre resultarán bastante vagas, al cómo una persona como yo puede entregar su vida, desde tan temprana edad, a eso que suele llamarse comúnmente literatura, y que, a su vez, es también tan indefinible como opinable. Huyo sistemáticamente de toda definición en este sentido, porque a lo largo de mis años he comprendido que la más afortunada entre ellas no es sino una invención más, debida con más frecuencia a quienes no son escritores, que a quienes lo son. Y cuando digo escritor, me refiero, en este caso concreto, al creador literario.

Supongo que las razones o motivos de un escritor como tal, obedecen a causas tan distintas entre sí, como distintos entre sí son todos los hombres; pero sin olvidar que a todos en general acostumbra unirnos un nexo común: el malestar en el mundo.

Reduciendo esto a mi caso particular, si para explicar o explicarme esas razones acudo a la infancia, es porque creo que tanto en la literatura como en la vida, la "infancia" está siempre aquí. Muchas veces he dicho que si yo escribo es porque no sé hablar. Y añado ahora, que si todavía no sé hablar, acaso tenga parte en ello el hecho de que fui una niña tartamuda. Pero muy tartamuda: como acostumbran a presentarse en los chistes o en las películas cómicas. Como no podía expresarme igual a las otras niñas, como me sentía aislada del mundo que me rodeaba, y por circunstancias implícitas a la época en que me tocó nacer, a la familia y clase social a que pertenecía, mi infancia transcurrió, en su mayor parte, sumida en el desamor y en la soledad. Para los niños como nosotros, los padres resultaban seres casi míticos, totalmente alejados de nuestra confianza. Por lo común, los niños de mi tiempo debíamos refugiarnos en alguna amistad de colegio, o en algún cariño capaz de llenar tanto vacío afectivo, como el que podía ser el de alguna niñera o cocinera. Hasta que llegara un día en que súbitamente y, aun en la ignorancia de la cara más cínica del mundo, nos arrojasen hacia la vida, nos enfrentasen a ella brusca y dolorosamente, de un empujón, como quien lanza a la piscina una criatura que nunca aprenderá a nadar.

Lo que acabo de referir puede dar una idea aproximada de la soledad de una niña cuyas palabras siempre hacen reír a sus compañeros en clase. Incluso a sus profesoras, y hasta a sus propios hermanos. Risas y burlas que los años disculpan, pero que no pueden olvidarse. A mí me gustaba estudiar, y lo hacía, pero no podía recitar mis lecciones o responder a las preguntas en mi clase. Y acabé siendo la última, con las represiones y amenazas que se suponen, y acabaron por arrinconarme y aislarme definitivamente. Pasé a ser la eterna "distraída" cuando en verdad ahora pienso que era más exactamente la "retraída". Así pues, ya que la vida o el mundo me resultaban ajenos, me rechazaban, por así decirlo, hube de inventarme el mundo, y la vida.

Nunca entré en lo que suele llamarse "los secretos de las niñas", porque las niñas no me querían. Era desmañada y demasiado inocente. Sigo siendo desmañada, aunque lamentablemente, algo menos inocente.

No sé en qué lenguaje (porque existe el lenguaje de la infancia, un lenguaje universal aunque siempre perdido u olvidado) me diría: ¿Quién ha inventado mi vida? ¿Quién soy yo? No creía pertenecer ni a aquella época ni a aquella sociedad. Intuitivamente me decía: ¿Es que yo no soy de éstos, o es que todavía no he llegado a alguien? Después de preguntarme: ¿Quién inventó mi vida?, decidí inventarla yo; y en seguida comencé a escribir. Y a descubrir que la soledad podía ser verdaderamente algo hermoso, aunque ignorado. Y de pronto, la soledad cambió su figura, se convirtió en otra cosa. Creció como la sombra de un pájaro crece en la pared, emprende el vuelo y se convierte en algo fascinante: algo parecido a una revelación de la otra cara de esa vida que nos rechaza.

Así aprendí a ver el fulgor de la oscuridad. Yo quería (al revés de los otros niños) ser castigada en el cuarto oscuro, para ver ese resplandor de la nada aparente. Y recuerdo que un día, al partir entre mis dedos un terrón de azúcar, brotó en la oscuridad una chispita azul. Pero creo que todavía hoy puedo, a veces, ver luz en la oscuridad, o mejor dicho, la luz de la oscuridad. Eso es lo que hago cuando escribo.

En medio de estos pequeños desastres de mi vida, que a lo largo de los años pienso no lo fueron tanto, estalló la Guerra Civil. Entonces, la imagen más brutal y menos agradable de la vida rompió y penetró en ese círculo mío, en esa especie de isla privada y solitaria.

Aprendí a mirar las cosas y los seres con otros ojos, a oír con otros oídos, y a comprender, al fin, que no importaba demasiado de dónde venía yo o a dónde iba. Supe que estaba allí. Y que debía avanzar, tanto si me gustaba como si no.

Así estoy aún. Sólo puedo añadir, ya que no sé hablar, que probablemente tengo aún mucho que escribir. Pero nada más que decir».


(Los niños tontos, de Ana María Matute).




Imágenes y relaciones (I):

Amor 77 

«Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son».

(Un tal Lucas, de Julio Cortázar).







Imágenes y relaciones (II):

«Somos como escultores, constantemente tallando en los demás imágenes que anhelamos, necesitamos o deseamos, a menudo en contra de la realidad, contra su beneficio, y siempre, al final, un desengaño, porque no se ajusta a ellos».

(Anaïs Nin).







 Desencuentros familiares:

El banquete

Con los fémures rotos bajo el peso
de sus noventa años, desconfiada y voraz,
mi suegra vigilaba, y el cobarde de mi suegro,
bajo su obesidad, en diez lenguas callaba.
Mi hijo, con un pozo oscuro y frío
en su cabeza, absorto se atracaba
mientras veía la televisión.
Mi hermano se mataba engordando, y gritaba
sucias procacidades a los manteles blancos.
Mis padres parecían disecados,
mudos de tanto odiarse, 

y con la soledad terminal en sus caras.
Un banquete moral, repugnante y fantástico.
Tú, con nuestra amistad salvada del naufragio,
sonriente me mirabas, pero
tantos años de monstruos han sido implacables.

(Los motivos del lobo, de Joan Margarit)






 Fragmentos de La resistencia, de Ernesto Sábato:

«...Y pensé que a medida que nos relacionamos de manera abstracta, más nos alejamos del corazón de las cosas y una indiferencia metafísica se adueña de nosotros mientras toman poder entidades sin sangre ni nombres propios. Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida.

[...] En la vida existe un valor que permanece muchas veces invisible para los demás: es la fidelidad o la traición a lo que sentimos como un destino o una vocación a cumplir. El destino, al igual que todo lo humano, no se manifiesta sino que se encarna en alguna circunstancia, en un pequeño lugar, en una cara amada, o en un nacimiento pobrísimo en los confines de un imperio. Se muestra en signos que parecen insignificantes pero que luego reconocemos como decisivos. Así en la vida uno muchas veces cree andar perdido, cuando en realidad siempre caminamos con un rumbo fijo, en ocasiones determinado por nuestra voluntad más visible y en otras, quizá más decisivas a nuestra existencia por una voluntad desconocida aún para nosotros mismos. Pero no creo en el destino como fatalidad, creo que la libertad nos fue destinada para cumplir una misión en la vida; y sin libertad nada vale la pena. Es más creo que la libertad que está a nuestro alcance es mayor que la que nos atrevemos a vivir».







Versos de agradecimiento y celebración del fulgor de la vida: "Marta alrededor de un poema", de Ramón Rodríguez Pérez.


«Hablemos ahora de los pies de una niña descalza

despejo así mi alma cansada de dialogar con tanto muerto y me tatúo su sonrisa de pájaro amable y olvido el inagotable desierto que es mi patria, la Virgen María, las ambulancias, mi pierna dormida

el tedio tu le connais lecteur ce monstre delicat se agota al sur de sus trenzas y tornan en piedrecitas blancas mis días cansados, muertos los dioses, muerto Pan solo sé que es abril, la miro y entiendo que es abril y en el cuenco de su leve mano anida la tórtola del consuelo y de ese temblor me alimento este jueves de azulejos

en el que abandono en la percha de mi alma de perro, mi lengua afilada y, feliz como judío que hereda el trigo, asisto a la celebración de la espuma, el caballo azul, la risa desbocada que aclara las lindes, que abre las verjas y me hace decir yo soy otro con un ladrido lejano y mudo en la hora en que los poetas declinan su nombre, su nación, su raza y ella, una niña descalza hija de la flecha y de los ánades, va encendiendo la noche

va encendiendo todas las ventanas, mi corazón, mi cuerpo hueco que da las gracias no sabe a quién, que da las gracias»

(Del libro Columbario).





 "Primavera", de Rafael Lucena, es un poema homenaje, luminoso, vital. Espléndidas la escena y la herencia recibida.  

Primavera 
Torrijas de vino blanco
y pura miel de romero
mi madre con delantal
azul y amarillo friendo,
en la cocina cantaba
feliz, como los jilgueros,
aquellos días de marzo
de velas y olor a incienso. 
Alto, robusto y muy guapo,
niño, serás panadero
de nariz y manos grandes
como tu padre y tu abuelo.
Y a tu novia le diré
que cuide bien de mis nietos
porque trigo llevarán
en la sangre y en los huesos,
y el sol, la tierra y el agua,
y el fuego del horno dentro,
torrijas de vino blanco
y pura miel de romero.





"Azul", de Guadalupe Royán, es un emotivo relato sobre la pérdida de un hijo y la manera en que lo vive y acepta la familia a través de la inclusión, hermosamente ritualizada, en el sistema.


                        A  los niños del agua, y
a sus familias.

«Mamá me dijo que había un bebé en su tripa. Era muy pequeño aún, pero iba a crecer y crecer hasta hacerse muy grande. La tripa de mamá también iba a ponerse muy grande y redonda. Enoooorme. Hasta que el bebé fuese lo bastante grande para salir. Como yo. Yo también estuve en la tripa de mamá, y crecí mucho hasta que fui grande y salí.
Mamá a veces me da besazos de elefante. Mueve el brazo por encima de la nariz, para arriba y para abajo, dice tuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuu y me da un beso gigantesco en el moflete. MMMUUUUUAAAA. Los besazos de elefante son muy divertidos. Yo le doy al bebé besitos de hormiguita chiquitita, porque aún es muy pequeño para un besazo de elefante. Por la noche, cuando me tumbo en la cama al lado de mamá, le doy un beso de hormiguita en la tripa, muy suave, solo rozándola, para que le llegue al bebé. Me acerco despacito con mucho cuidado y le doy un beso muy muy muy pequeñito, que no hace ningún ruido, para que el bebé no se asuste, porque aún es chiquito.
Mamá me pregunta si querré abrazar al bebé cuando salga, y darle besos. Yo sí quiero. Y también quiero cambiarle el pañal cuando tenga caca. Le prestaré una tetita de mamá, la más pequeña. La más grande me la quedo yo. Y el coche blanco (está un poco roto) también se lo prestaré, pero el camión de bomberos es para mí. Le enseñaré a tocar el acordeón y daremos conciertos juntos.

Hoy hemos ido a ver al bebé en una pantalla. Y a escucharle el corazón pompompompom. Mamá se ha tumbado en una cama mientras papá me cogía en brazos y mirábamos la pantalla. Papá me dijo que me avisaría cuando apareciese el bebé, pero no me ha avisado y nos hemos ido. Hemos vuelto a casa en el coche, y mamá estaba muy triste, creo que estaba llorando. En casa papá y mamá me han contado que el bebé se murió, y por eso no hemos escuchado el corazón pompompompom. Que el bebé era muy muy chiquitito y por eso no se veía en la pantalla. El bebé ya no va a crecer más, se va a quedar así de pequeñito para siempre, y eso es lo que quiere decir que se murió.
Mamá está muy triste porque el bebé se murió. Yo también estoy triste porque ya no está en la tripa de mamá y yo no podré abrazarlo ni cambiarle el pañal cuando tenga caca. Anoche mamá se puso muy mala y le dolía mucho la tripa. A veces se sentaba en una silla y luego se levantaba y se apoyaba en la pared y cantaba bajito con la A. Papá me cogió en brazos y me explicó que el bebé estaba saliendo y por eso a mamá le dolía la tripa. Que la despedida era así. Luego papá me llevó a la cama, me cantó El negrito y me acarició la cabeza despacio.
Cuando me desperté mamá ya no estaba mala, pero estaba triste. Le di un besazo de elefante, porque a veces cuando está triste con un beso de elefante se pone más contenta. Yo quería pintar y mamá puso un papel enorme en el suelo y nos pusimos a pintar con pinceles y pinturas de colores. Le dije a mamá que pintase con el azul. Mamá pintó una lenteja de color azul y me dijo que así era el bebé cuando se fue. Luego llenó su trozo de papel con lentejas azules. Me preguntó si Azul me parecía un buen nombre para el bebé. Le dije que sí, Azuloscuro.
El bebé ya no está. Se fue de la tripa de mamá y ya no voy a jugar a los coches con él. Le he preguntado a mamá dónde está el bebé ahora. Me ha dicho que está en el mar, que siempre ha vivido en el agua y que ahí es donde van los niños del agua. Yo creo que al bebé le gusta mucho nadar, y que a todos los peces que encuentra les da besos de hormiguita».

(Del libro Ven, siéntate aquí).



(Ilustración de Raquel Catalina)





Un conmovedor relato sistémico para seguir indagando en nuestras raíces, en su profundidad y textura: "Carretera de sierra", de Ricardo Reques.

«Las serpenteantes carreteras de sierra siempre me han gustado más que las rectas autovías. Cada curva incierta es un paisaje nuevo. Cuando puedo elegir y el tiempo no me limita siempre elijo estos caminos. Quizás sea más aventurado ir por una carretera estrecha, con precipicios a los lados, con cambios de rasante y pendientes pronunciadas, pero esa peligrosidad me mantiene alerta, me da mayor control sobre las decisiones que tomo; un breve descuido y mi coche puede salir volando, caer por un terraplén o estrellarse contra un árbol. 

Aquella mañana había que extremar las precauciones, la lluvia no era intensa pero había una neblina que se espesaba en cada vaguada. Fuera, la temperatura era de ocho grados; sin embargo, dentro del coche me sentía confortable, escuchando en ese momento un compact de Shakira; sus juegos de voces y los cambios de ritmo me recordaban sus enloquecidas caderas.

Bajaba hacia el río y la niebla era cada vez más densa. Si hubiera sacado la mano por la ventanilla seguro que habría podido atrapar un pedazo de nube. La música dejó de sonar y el silencio era húmedo. Ni siquiera con las antiniebla podía distinguir los límites de la carretera. Me concentré en la línea blanca dibujada en su borde derecho y reduje la velocidad al paso de un tractor. 

Pasado el estrecho puente comencé el ascenso que definía el angosto valle encajonado y la niebla, poco a poco, se fue disipando. Primero un atisbo de sol que se iba abriendo entre las nubes me despertó la esperanza de que el día finalmente se despejase y al llegar a la cumbre de una colina el paisaje ya era radiante, y atrás quedaba un mar de nubes reposando sobre el río. Ante mí se abría un lienzo verde salpicado de árboles con el tronco rojo que me recordaban los alcornocales de mi infancia. Ya sin necesidad de luces avanzaba por la carretera que, sin embargo, estaba en mal estado, con tramos sin asfaltar. Se veían algunas casas y, a lo lejos, algún cortijo; también se veía a alguna que otra persona haciendo labores del campo en pequeñas huertas. Bajé la ventanilla y escuché el canto de los pájaros, la temperatura era algo más alta. Caminando por el arcén iba un hombre mayor que parecía cansado. Me detuve junto a él y le pregunté si quería que le llevase a algún sitio. Su cara me resultó familiar.

Solo cuando se sentó en el coche supe que era mi abuelo, pero él no me reconoció. Me acordé entonces de cuando era niño e iba con él al campo los fines de semana —ese mismo campo de alcornoques por el que ahora pasábamos—, de la chimenea con el fuego que crispaba la madera y era testigo de cuentos e historias que, a duras penas, retengo en mi cabeza, de sus remedios de medicina natural, de sus manos grandes y cálidas que calmaban el dolor de mi vientre, de su confianza en la suerte y en el destino, de su manera franca de afrontar la vida. 

Pero él no me reconocía. Han pasado muchos años. Solo se refería a cosas banales: al viento que se había levantado, a la lluvia que había regado la madrugada, a los zorzales que se agrupaban en aquellos árboles, a cosas que en ese momento no me importaban. No me hablaba de los ancianos días, de las historias de la guerra, de cómo un obús acabó con la vida de su mujer y de su pequeña hija, de cómo fue al frente llevándose de la mano tibia a mi padre cuando tenía sólo dos años; no me hablaba de cómo, con rabia, llegó a ser campeón de boxeo, de la ingenua esperanza que tenía en que algún día le tocase la lotería, de la importancia de cumplir los sueños, de buscar la felicidad perdida entre las cosas cotidianas que siempre olvidamos; no me hablaba de la dureza de su enfermedad, de lo que me prometió poco antes de morir: que vendría a verme, que no me asustase si en mis sueños se aparecía y me seguía contando aquellas historias.

Atravesé un pequeño túnel justo en el momento en el que por arriba pasaba un tren veloz. El cielo volvía a estar cubierto, la niebla era tenue, Shakira volvía a sonar y yo me encontraba de nuevo solo en un invierno frío».

(Del libro El enmendador de corazones).







Somos nuestra familia, nos recuerda Peter Bourquin y, de nuevo, es la poesía uno de los más poderosos vehículos de expresión de los vínculos que nos unen e indican quiénes y cuántos somos: "Peso", de Antonio Luis Ginés.

«Crecerá mi hija. Un día se preguntará por los zigzags de su padre, por ese continuo desplazarse sin rumbo fijo. Tal vez no halle respuesta en la lógica, no halle una consigna que la salve de la confusión, de un tipo que sólo responde a la llamada, al impulso desmedido que late como una fiera bajo las líneas y las curvas, que esconden todos los mapas.
Crecerá mi hija. Alguien le contará que mi abuelo conducía un camión por las sierras del sur, que mi padre muchas veces le acompañaba aún chiquillo, que luego éste creció y cruzó este país con la rabia y el placer de quien devora kilómetros sin miedo, que mi hermano se volvió más osado y, como mi padre, nunca se amedrentó al pisar otras tierras, otras ciudades.
Y puede que mi hija alcance a comprender de qué materia estamos hechos, por qué el apellido le tiembla bajo el pulso, la lanza despedida
hacia afuera».

(Del libro Picados suaves sobre el agua).







"Todo sobre mi padre" es el título de este poema intimista y universal de Pablo García Casado. Sistémica en estado puro:

«Estoy pensando en mí mismo, justo antes de nacer, sentado en la sala de espera de una maternidad. Tengo veinticinco años y ya he aprendido algunas certezas. Algunas amargas renuncias. Pero ahora eso da igual, porque ha nacido mi hijo y estoy dispuesto a jurar los Principios del Movimiento. Por este niño moreno y enfermizo. Por este amor que todavía desconozco, esta mujer que me fascina.

Estoy pensando en mí mismo, tengo veinticinco años, pronto emprenderé un largo viaje. A las playas desiertas de Salou, a los apartamentos vacíos del invierno, donde hemos sido felices, ajenos al ruido de una España mortecina. Él y yo, y esa mujer que en la foto nos abraza. Esa mujer que hoy abraza a mi hijo, también con gafas, con la misma sonrisa de mi padre.

Estoy pensando en mi hijo cuando veo a mi padre. Yo soy mi padre».

(Del libro García).







 “Bajo sus casi infinitas formas, el relato está presente en todas las épocas, en todos los lugares, en todas las sociedades; el relato empieza con la humanidad; no hay, nunca ha habido un pueblo sin relato”, (Roland Barthes).

Un relato sistémico de Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino:








Fernando Pessoa:




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