lunes, 27 de marzo de 2017

El arte de reírse de sí mismo






Alain Vigneau es actor, clown, pedagogo, director de la compañía de teatro La Stravagante, profesor en el Máster de Arteterapia de la AEC/UVIC (Barcelona) y colaborador en diferentes centros de desarrollo personal y/o artístico en Europa y América Latina. Iniciado por Rosine Rochette en la unión entre clown y Gestalt, es discípulo y colaborador de Dr. Claudio Naranjo en los programas SAT.

Estos son algunos fragmentos de su libro Clown esencial. El arte de reírse de uno mismo, (Editorial La Llave, Barcelona, 2016):


«No hay tema más universal ni más intemporal que la estupidez humana, su furor egoico y su torpeza al vivir, su miedo al amor y a lo desconocido, su intento de parecer algo que no es, o su esfuerzo para esconder adentro lo que sí es». 
«Porque tal vez ni siquiera lo que yo pienso acerca de mí mismo sea tan importante. Tal vez sea preciso soltar algo de esto mismo, que me encierra mucho más que cualquier opinión ajena sobre mí. Es tan cansado tomarse tan en serio, es tanto esfuerzo quedarnos agarrados a esta u otra imagen que tenemos de nosotros mismos, con las uñas clavadas en el borde del precipicio, clamando al eco: “¡Por mi madre que yo soy así, o asá, o de aquella otra manera, y pienso así, y digo aquello, y por mis muertos que defenderé este castillo hasta el final!” Pero mientras nos entreteníamos en ello, el castillo se vació, y las armadas invasoras se fueron hace ya mucho tiempo hacia otras batallas más excitantes. Pero uno se queda ahí congelado, guardián inútil y cansado de un sueño de cartón piedra, fijado en un tiempo sin valor ni vigencia». 
«En definitiva, lo que piensa el otro de mí es independiente de mi voluntad, apenas sí es mi asunto. Lo realmente decisivo, por su capacidad de hacerme tambalear y dañarme, lo que verdaderamente configura mi mundo interno, es lo que yo a mi vez pienso acerca de lo que el otro parece opinar sobre mí. Y eso, afortunadamente, depende de mí. Así me lo expresaba una participante: “Me di cuenta de que el miedo a la mirada de los demás no era más que mi miedo a la propia mirada, mi propio juicio hacia mí misma proyectado hacia afuera».  
«Mi percepción es que anida en el fondo de nosotros un cansancio íntimo, casi vergonzoso, que apenas podemos reconocer en la intimidad de nuestro camerino particular, cuando se apagan las luces del escenario de la vida cotidiana. Cada uno, en su soledad, se va quitando el maquillaje del personaje de la vida social, profesional o familiar, y suspira, percibiendo de forma difusa cuanta energía ha gestado durante el día para parecer una excelente profesional, un padre riguroso, una persona inteligente, amable, segura y eficiente, que corresponde a la norma y cumple con todos los requisitos que se esperan de ella, en ese momento, fuera de las miradas y de las exigencias de un mundo implacable, en el silencio de la verdad que se impone, como el alba al amanecer, uno suspira, y en ese suspiro susurran nuestros anhelos de ser nosotros mismos, sin tanto esfuerzo, sin tanto requisito. En ese ligero movimiento de hombros yace nuestro anhelo de poder ser sin aparentar, de poder existir sin pagar nada a cambio de nuestra pertenencia al mundo: como si ser fuese suficiente…». 
«¿Cuánta seguridad en nosotros mismos recobramos cuando alguien, simplemente, nos trata bien, nos mira con benevolencia? Y cuando experimentamos esta toma de confianza, ¿cuánto potencial nuestro se manifiesta en lo creativo, lo humano?».
«No podemos cambiar lo que fue. Pero podemos reparar nuestra vivencia de lo que fue: decir lo no dicho, concluir lo no concluido, desvelar lo escondido, liberar lo callado y reconstruir desde nuestra poderosa e intuitiva creatividad de adultos lo soportado en el sufrimiento silencioso de nuestras almas infantiles, mucho más indefensas. Podemos redibujar los contornos y los fondos, reescribir los diálogos o dejar renacer los gestos, podemos de alguna manera reinventar el final de la novela y de esta forma adueñarnos de nuestro pasado en una profunda aceptación, en una integración sanadora que traerá alivio y reconforto a nuestro corazón. Se trata de poner toda nuestra conciencia y nuestro conocimiento de seres adultos al servicio de la cura de las heridas que en su momento dejaron en nuestro interior las dolorosas experiencias de la niñez».
«En la mayoría de los casos ciertamente el niño está dispuesto a sacrificar cualquier cosa para pertenecer: sea alegría, vitalidad, espontaneidad, creatividad, y a veces hasta agrediendo el propio cuerpo. ¿Cuántos han dejado de reír para no ofender a una madre triste y depresiva? ¿Cuántos han preferido silenciar su vitalidad natural para no molestar a un padre constantemente preocupado? ¿Cuántos han callado su canto para no desintonizar con el pesado ambiente reinante? Para no molestar, para no hacerle sombra a nadie, y que no haya más peleas, o más gritos, golpes, amenazas o más injusticias, los niños aceptan menguar y brillar menos. Del mismo modo, ocurre a la inversa: para que no haya más silencios y más tristezas en la mesa del comedor, algunos fabrican de buen grado un duende alegre que luego solo sabrá llorar a escondidas. ¿Cuántos han inventado una felicidad momentánea con la esperanza de conseguir una sonrisa en el rostro adulto deprimido?».

«No hay, a mi parecer, fuente más generosa ni más enternecedora para nutrir nuestro imaginario y desatar nuestra creatividad que la celebración libre y poética, consciente y compasiva, de nuestra particular tragicomedia: este desesperado intento de ser nosotros mismos y de encontrarle un sentido tangible a nuestra corta e insignificante presencia personal sobre la faz de la tierra».
«Bienaventurados los que se ríen de sí mismos, porque nunca les faltarán motivos para reír».




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