miércoles, 12 de julio de 2017

Citas







«Es como si tuviéramos en el centro de alguna habitación de casa una caja cerrada en la cual no sabemos lo que hay. Pasamos tiempo mirándola, intentando no abrirla, hasta que finalmente levantamos poco a poco la tapa. Al hacerlo, salen los recuerdos más amargos. Hay gente que se pasa mucho tiempo pensando si abrir o no esa caja. Me fascina ese proceso, eso que no podemos contarnos aunque haya una parte nuestra que desea saber, es una parte que nos dice que no podemos tener idea de quiénes somos, que no tendremos dignidad hasta que no la abramos y miremos dentro. No importa los fracasos que cada uno haya tenido, los secretos contenidos en esa caja pueden ser algo que hiciste en el pasado o algo del presente que no quieres admitir». 
                                                                               Los restos del día, de Kazuo Ishiguro.


lunes, 22 de mayo de 2017

Cerebro y neurociencia



Francisco Mora es doctor en Medicina por la Universidad de Granada y en Neurociencia por  la Universidad de Oxford, catedrático de Fisiología Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y de Fisiología Molecular y Biofísica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa, en Estados Unidos. Es miembro del Wolfson College de la Universidad de Oxford. Ha escrito más de cuatrocientos trabajos y comunicaciones científicas en el campo de la neurobiología y cincuenta libros, entre ellos, el Diccionario de Neurociencia y Neurocultura.







¿En este momento, qué sabemos del cerebro? ¿Y qué nos queda por saber?

Lo que sabemos del cerebro es lo que yo he querido expresar en el libro ¿Cómo funciona el cerebro? La gente, de alguna manera, todavía sigue hablando del cerebro como un computador. Es decir, una máquina que recibe información, la procesa, y la almacena o no, en función de la respuesta que va a emitir. La cuestión está en que los ordenadores son máquinas construidas por el hombre. Yo no quiero llamar ‘máquina’ al cerebro humano, porque el concepto de máquina es absolutamente diferente y, cuando utilizas el mismo término, inmediatamente se le une ese concepto, lo que es erróneo. El cerebro es un órgano que se ha construido a lo largo de quinientos millones de años de azar y reajustes, y no una máquina como las que el hombre ha construido a lo largo de los últimos cincuenta años. ¿Cuál es la esencia de esa distinción? La esencia es el constante dialogo que existe entre cada uno de los componentes de ese cerebro, es decir, las neuronas. Cada neurona se comunica con otras, en un proceso constante y enorme de tráfico. Se trata de un proceso complejo que no puede realizar ningún ordenador. El cerebro contiene unos cien mil millones de neuronas, sin contar otras células importantes en la comunicación, como son los astrocitos. Esos cien mil millones están en constante ‘conversación’.

¿Se puede inferir que la capacidad que tiene el cerebro es ilimitada?

No, porque si decimos eso, vamos a acabar con el tópico de que el aprender no ocupa lugar. Eso es un neuromito, y hay que acabar con ellos. El aprender ocupa lugar y tiempo. El aprendizaje es un proceso que ocurre en el cerebro. Intervienen muchas áreas pero, finalmente, se deposita en una región que denominamos hipocampo, al menos para las memorias que llamamos conscientes o explícitas. Y el aprendizaje y la memoria significan, en última instancia, cambiar el cerebro. Y hablo de física y química, de conexiones. Las sinapsis cambian con el proceso de aprendizaje. ¿Qué quiere decir que he aprendido algo? En esencia, que he cambiado mi cerebro. Y de ahí se llega a lo que muchas veces se ha pensado que eran expresiones filosóficas. Y es que no podemos conocernos a nosotros mismos, porque nuestro cerebro está constantemente cambiando. Somos alguien nuevo cada día. Nosotros no somos, y lo sabemos, el niño que fuimos cuando teníamos quince años. No somos el mismo que hace diez años, ni tan siquiera que hace tres años. Hemos cambiado. Como el río de Heráclito. Jamás es el mismo río. Y eso es importante saberlo. Lo que sin embargo, sí podemos hacer -y fíjese usted, también es filosofía-, es llegar, de alguna manera, a construirnos a nosotros mismos. El ser humano es espejo y creador de todo lo que le rodea, incluido él mismo. ¿Por qué? Porque podemos orientar la información de ese aprendizaje y de la memoria, en la dirección que, de alguna manera, nos gustaría que llevara.

Y todo esto forma parte de lo que yo entiendo por neuroeducación. El día en que lleguemos a conocer de verdad cómo hay que enseñar, la perspectiva de la docencia en las guarderías, en los colegios y en la Universidad, e incluso en la misma sociedad, cambiará de una manera radical. En definitiva, el ser humano es espejo y creador de todo lo que le rodea, incluido él mismo.

Parece que la tradicional y artificial división entre ciencias y humanidades no va con la evolución de los actuales conocimientos. ¿Cuál es su opinión sobre ello?

Mi opinión es que conocer cómo funciona el cerebro nos llevará a una convergencia de esas dos grandes áreas del saber. De ahí nace la neurocultura. Precisamente yo defino la neurocultura como un reencuentro entre la neurociencia, que es el conjunto de conocimientos sobre cómo funciona el cerebro, y los productos de ese funcionamiento que es el pensamiento, los sentimientos y la conducta humana. Esto, en esencia, también quiere decir una reevaluación lenta de las humanidades. O también, si se quiere, un reencuentro, esta vez real y crítico, entre ciencias y humanidades.

Usted se basa mucho, en sus escritos y libros, en la teoría de la evolución. Sin embargo, ha habido un cierto revisionismo de esa teoría.

Revisionismo sí, pero la esencia de la teoría no es discutida. Azar y necesidad. Por un lado, mutación genética no programada, sino azarosa. Por otro lado, ese determinante poderoso, que es el medio ambiente, donde se produce esa mutación. Y este último es el que determina si las mutaciones ocurridas tienen un valor de supervivencia o no. Ésa es la esencia. Hoy, además, hay un actor nuevo en esta película: la epigenética. ¿Cómo no discutir sobre ella, si nos está hablando de una evolución casi lamarckiana? Lo cierto es que mucho de lo que usted haga en su vida, como es fumar o tomar drogas, o llevar una vida estresante, así como los estilos de vida en general que lleven los individuos, pueden cambiar el genoma a nivel “funcional”, y esto ser transmisible a sus hijos, o nietos, o incluso biznietos.

Entonces, ¿muchas cosas de las que hagamos en nuestras vidas pueden repercutir potencialmente en nuestra herencia genética?

Sin duda, aun cuando de modo reversible. La epigenética es un área de conocimiento relativamente nueva. ¿Qué significa “reversible”? Desde luego, con nuevos fármacos se puede desmetilar lo que se ha metilado. Pero son aspectos que chocan en esa dimensión, que antes creíamos imposible, de que ciertos caracteres pueden ser heredables.

Usted es especialista en envejecimiento cerebral y éste, claramente, consiste en un deterioro de las funciones. ¿Se podría retrasar el envejecimiento y, si es así, ¿estamos abocados, de alguna manera, a un mundo de ancianos?

El envejecimiento del cerebro es un proceso fisiológico que se puede cursar sin enfermedades. Se puede envejecer “con éxito”, como decimos los especialistas, es decir, de manera activa, productiva, llena de emoción y saludable. Y eso tiene que ver con la pregunta sobre si se puede retrasar el proceso de envejecimiento. La respuesta es sí. Nuestro envejecimiento, el envejecimiento humano, es dependiente en relativa medida de los genes que heredamos (en un 25 por ciento, es decir, los padres longevos pueden tener hijos longevos), y mucho más de los estilos de vida que desarrollamos (en un 75 por ciento). Ya hablamos en otra ocasión sobre las doce claves que he propuesto como camino pra ralentizar el envejecimiento del cerebro. A ellas me remito.

Y con respecto a la última cuestión, sí creo que estamos abocados, en el futuro, a vivir con gentes mayores y longevas. Pero también espero y confío en que sean gentes activas y sanas, capaces de alcanzar edades provectas sirviendo a la sociedad. Digo bien lo de “ayudar a la sociedad”, aun cuando no me refiero con ello a que cumplan en puestos ejecutivos de ningún tipo, sino ayudando activamente a los demás en las muchas y múltiples tareas que podrían cumplir, en una sociedad tan necesitada de gentes que devuelvan en tiempo y agradecimiento lo que tal vez hayan recibido antes de esa misma sociedad. Todas estas ideas las he desarrollado lenta y reposadamente en el libro El sueño de la inmortalidad. Envejecimiento cerebral, dogmas y esperanzas, que quizá interese a algunos de los lectores.

(Fuente: entrevista realizada por R. Cordero en SINC, Servicio de Información y Noticias Científicas, plataforma multimedia de comunicación científica.
http://www.agenciasinc.es/Entrevistas/El-ser-humano-es-espejo-y-creador-de-todo-lo-que-le-rodea-incluido-el-mismo)



lunes, 1 de mayo de 2017

Sistémica y literatura (sec.)



Excluidor vs. excluido. Moral, juicios, ironía. Estado padre (Análisis Transaccional).





Aburrido, adj. Dícese del que habla cuando uno quiere que escuche.

Absurdo, s. Declaración de fe en manifiesta contradicción con nuestras opiniones.

Acusar, v. t. Afirmar la culpa o indignidad de otro; generalmente, para justificarnos por haberle causado algún daño.

Aforismo, s. Sabiduría predigerida. 

Alianza, s. En política internacional, la unión de dos ladrones cada uno de los cuales ha metido tanto la mano en el bolsillo del otro que no pueden separarse para robar a un tercero. 

Arrepentimiento, s. Fiel servidor y secuaz del Castigo. Suele traducirse en una actitud de enmienda que no es incompatible con la continuidad del pecado.

Batalla, s. Método de desatar con los dientes un nudo político que no pudo desatarse con la lengua. 

Blanco, adj. Negro.

Complacer, v. t. Poner los cimientos para una superestructura de imposiciones. 

Compulsión, s. La elocuencia del poder.

Costumbre, s. Cadena de los libres. 

Decidir, v. t. Sucumbir a la preponderancia de un grupo de influencias sobre otro grupo de influencias.

Diccionario, s. Perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad. El presente diccionario, sin embargo, es una obra útil

Discusión, s. Método de confirmar a los demás en sus errores. 

Disimular, v. Poner camisa limpia al carácter.

Distancia, s. Único bien que los ricos permiten conservar a los pobres. 

Economía, s. Compra del barril de whisky que no se necesita por el precio de la vaca que no se tiene.

Egoísta, s. Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.
Egoísta, adj. Sin consideración por el egoísmo de los demás.

Filosofía, s. Camino de muchos ramales que conduce de ninguna parte a la nada. 

Frontera, s. En Geografía política, línea imaginaria entre dos naciones que separa los derechos imaginarios de una, de los derechos imaginarios de la otra. 

Ignorante, s. Persona desprovista de ciertos conocimientos que usted posee, y sabedora de otras cosas que usted ignora.

Hipócrita, s. Quien profesa virtudes que no respeta y obtiene el beneficio de parecer lo que desprecia.

Injusticia, s. De todas las cargas que soportamos o imponemos a los demás, la injusticia es la que pesa menos en las manos y más en la espalda.

Intemperie, s. Lugar donde ningún gobierno ha podido cobrar impuestos. Su función principal es inspirar a los poetas. 

Jersey, s. Pieza de vestir que lleva un niño cuando su madre tiene frío.

Mendaz, adj. Aficionado a la retórica. 

Pelmazo. s. Persona que habla cuando quieres que escuche.

Racional, adj. Libre de todos los engaños salvo los de la observación, la experiencia y la reflexión. 

Realmente, adv. Aparentemente, quizá; posiblemente.

Temerario, adj. Insensible al valor de nuestros consejos. 

Tierra, s. Parte de la superficie de la Tierra considerada como propiedad. La teoría de que la tierra es propiedad sujeta a posesión y control privados constituye el fundamento de la sociedad moderna, y es digna de esa sociedad. Llevada a sus consecuencias lógicas, significa que algunos tienen el derecho a impedir que otros vivan, puesto que el derecho de propiedad implica el derecho a ocupar con exclusividad y, en efecto, siempre que se reconoce la propiedad de la tierra se dictan leyes contra los intrusos. De ello se sigue que si toda la superficie del planeta es propiedad de A, B y C, no habrá lugar para que nazcan D, E, F y G, o para que sobrevivan si han nacido como intrusos. 

Verdad, s. Ingeniosa mixtura de lo que es deseable y lo que es aparente.


(Diccionario del diablo, de Ambrose Bierce).




Vídeos (sec.)



Fomento a la lectura:











Musicoterapia (sec.)




Elliott Murphy: "Beauregard"





lunes, 27 de marzo de 2017

El arte de reírse de sí mismo






Alain Vigneau es actor, clown, pedagogo, director de la compañía de teatro La Stravagante, profesor en el Máster de Arteterapia de la AEC/UVIC (Barcelona) y colaborador en diferentes centros de desarrollo personal y/o artístico en Europa y América Latina. Iniciado por Rosine Rochette en la unión entre clown y Gestalt, es discípulo y colaborador de Dr. Claudio Naranjo en los programas SAT.

Estos son algunos fragmentos de su libro Clown esencial. El arte de reírse de uno mismo, (Editorial La Llave, Barcelona, 2016):


«No hay tema más universal ni más intemporal que la estupidez humana, su furor egoico y su torpeza al vivir, su miedo al amor y a lo desconocido, su intento de parecer algo que no es, o su esfuerzo para esconder adentro lo que sí es». 
«Porque tal vez ni siquiera lo que yo pienso acerca de mí mismo sea tan importante. Tal vez sea preciso soltar algo de esto mismo, que me encierra mucho más que cualquier opinión ajena sobre mí. Es tan cansado tomarse tan en serio, es tanto esfuerzo quedarnos agarrados a esta u otra imagen que tenemos de nosotros mismos, con las uñas clavadas en el borde del precipicio, clamando al eco: “¡Por mi madre que yo soy así, o asá, o de aquella otra manera, y pienso así, y digo aquello, y por mis muertos que defenderé este castillo hasta el final!” Pero mientras nos entreteníamos en ello, el castillo se vació, y las armadas invasoras se fueron hace ya mucho tiempo hacia otras batallas más excitantes. Pero uno se queda ahí congelado, guardián inútil y cansado de un sueño de cartón piedra, fijado en un tiempo sin valor ni vigencia». 
«En definitiva, lo que piensa el otro de mí es independiente de mi voluntad, apenas sí es mi asunto. Lo realmente decisivo, por su capacidad de hacerme tambalear y dañarme, lo que verdaderamente configura mi mundo interno, es lo que yo a mi vez pienso acerca de lo que el otro parece opinar sobre mí. Y eso, afortunadamente, depende de mí. Así me lo expresaba una participante: “Me di cuenta de que el miedo a la mirada de los demás no era más que mi miedo a la propia mirada, mi propio juicio hacia mí misma proyectado hacia afuera».  
«Mi percepción es que anida en el fondo de nosotros un cansancio íntimo, casi vergonzoso, que apenas podemos reconocer en la intimidad de nuestro camerino particular, cuando se apagan las luces del escenario de la vida cotidiana. Cada uno, en su soledad, se va quitando el maquillaje del personaje de la vida social, profesional o familiar, y suspira, percibiendo de forma difusa cuanta energía ha gestado durante el día para parecer una excelente profesional, un padre riguroso, una persona inteligente, amable, segura y eficiente, que corresponde a la norma y cumple con todos los requisitos que se esperan de ella, en ese momento, fuera de las miradas y de las exigencias de un mundo implacable, en el silencio de la verdad que se impone, como el alba al amanecer, uno suspira, y en ese suspiro susurran nuestros anhelos de ser nosotros mismos, sin tanto esfuerzo, sin tanto requisito. En ese ligero movimiento de hombros yace nuestro anhelo de poder ser sin aparentar, de poder existir sin pagar nada a cambio de nuestra pertenencia al mundo: como si ser fuese suficiente…». 
«¿Cuánta seguridad en nosotros mismos recobramos cuando alguien, simplemente, nos trata bien, nos mira con benevolencia? Y cuando experimentamos esta toma de confianza, ¿cuánto potencial nuestro se manifiesta en lo creativo, lo humano?».
«No podemos cambiar lo que fue. Pero podemos reparar nuestra vivencia de lo que fue: decir lo no dicho, concluir lo no concluido, desvelar lo escondido, liberar lo callado y reconstruir desde nuestra poderosa e intuitiva creatividad de adultos lo soportado en el sufrimiento silencioso de nuestras almas infantiles, mucho más indefensas. Podemos redibujar los contornos y los fondos, reescribir los diálogos o dejar renacer los gestos, podemos de alguna manera reinventar el final de la novela y de esta forma adueñarnos de nuestro pasado en una profunda aceptación, en una integración sanadora que traerá alivio y reconforto a nuestro corazón. Se trata de poner toda nuestra conciencia y nuestro conocimiento de seres adultos al servicio de la cura de las heridas que en su momento dejaron en nuestro interior las dolorosas experiencias de la niñez».
«En la mayoría de los casos ciertamente el niño está dispuesto a sacrificar cualquier cosa para pertenecer: sea alegría, vitalidad, espontaneidad, creatividad, y a veces hasta agrediendo el propio cuerpo. ¿Cuántos han dejado de reír para no ofender a una madre triste y depresiva? ¿Cuántos han preferido silenciar su vitalidad natural para no molestar a un padre constantemente preocupado? ¿Cuántos han callado su canto para no desintonizar con el pesado ambiente reinante? Para no molestar, para no hacerle sombra a nadie, y que no haya más peleas, o más gritos, golpes, amenazas o más injusticias, los niños aceptan menguar y brillar menos. Del mismo modo, ocurre a la inversa: para que no haya más silencios y más tristezas en la mesa del comedor, algunos fabrican de buen grado un duende alegre que luego solo sabrá llorar a escondidas. ¿Cuántos han inventado una felicidad momentánea con la esperanza de conseguir una sonrisa en el rostro adulto deprimido?».

«No hay, a mi parecer, fuente más generosa ni más enternecedora para nutrir nuestro imaginario y desatar nuestra creatividad que la celebración libre y poética, consciente y compasiva, de nuestra particular tragicomedia: este desesperado intento de ser nosotros mismos y de encontrarle un sentido tangible a nuestra corta e insignificante presencia personal sobre la faz de la tierra».
«Bienaventurados los que se ríen de sí mismos, porque nunca les faltarán motivos para reír».




Vídeos (subsec.)



Danza, creatividad, inteligencia corporal cinestésica:

Sergei Polunin


Nina Kaptsova



Naturaleza:


Cortejo


Peces voladores


    Nubes de estorninos





miércoles, 1 de marzo de 2017

Psicología humanista. Carl R. Rogers (I).







«¿Quién soy yo? Soy un psicólogo cuyo principal interés, durante muchos años, ha sido la psicoterapia. ¿Qué significa esto? No intento aburrirlos con una enumeración de mis trabajos, pero citaré unos párrafos del prefacio a mi libro Psicoterapia centrada en el cliente, para expresar de manera subjetiva lo que éste significa para mí. Mi propósito consistía en transmitir al lector algún sentimiento sobre el tema del libro, y escribí: “¿De qué trata este libro? Intentaré dar una respuesta que en alguna medida, transmita la experiencia viva que el libro pretende ser.”
“Esta obra se refiere al sufrimiento y a la esperanza, a la ansiedad y a la satisfacción que llenan el consultorio de cada terapeuta. Se refiere a la unicidad de la relación que cada terapeuta establece con cada cliente e igualmente a los elementos comunes que descubrimos en todas estas relaciones. Se refiere también a las experiencias altamente personales de cada uno de nosotros. Trata acerca del cliente que en mi consultorio se sienta en un extremo del escritorio, luchando por ser él mismo, y sin embargo mortalmente temeroso de serlo; esforzándose por ver su experiencia tal como es, deseando ser esa experiencia, pero muy temeroso ante esa perspectiva. El libro trata acerca de mí mismo, sentado allí ante ese paciente, cara a cara y participando de su lucha con toda la sensibilidad y profundidad de que soy capaz. Trata acerca de mí en tanto me esfuerzo por percibir su experiencia y el significado, el sentido, el sabor que tiene para él. Trata de mí en la medida en que deploro mi falibilidad humana en la comprensión de ese cliente, y mis fracasos ocasionales en ver la vida tal como aparece para él, fracasos que caen pesadamente sobre la intrincada, delicada trama de su crecimiento. Se refiere a mí, en los momentos en que disfruto del privilegio de traer al mundo una nueva personalidad; cuando me aparto con respeto ante la emergencia de un yo, de una persona; cuando observo el proceso de un nacimiento en el que he desempeñado un papel importante y facilitador. Se refiere tanto al paciente como a mí en tanto observamos maravillados las fuerzas potentes y armónicas que se manifiestan en esta experiencia total, fuerzas que parecen profundamente arraigadas en el universo como un todo. Creo que el libro se refiere a la vida, en la medida en que ésta se revela vívidamente en el proceso terapéutico, con su ciego poder y su tremenda capacidad de destrucción, pero con su impulso sobrecompensador hacia el crecimiento, cuando se dan las condiciones propicias”».


«Pero me gustaría transmitirles algunas de las cosas que he aprendido en las miles de horas que empleé trabajando en contacto íntimo con individuos que sufren.
Quisiera aclarar que se trata de enseñanzas que han sido significativas para . No sé si serán lo mismo para ustedes ni tampoco deseo proponerlas como guía para otros. Sin embargo, he aprendido que toda vez que una persona se mostró deseosa de comunicarme algo acerca de sus tendencias internas, esto me ha resultado útil, aunque sólo fuese para advertir que las mías son diferentes. Es con esta intención que ofrezco mis experiencias. En cada caso pienso que ellas formaban parte de mis actos y convicciones internas mucho tiempo antes de que las hiciera conscientes. Sin duda alguna, se trata de experiencias dispersas e incompletas. Sólo puedo decir que para mí fueron muy importantes y siguen siéndolo. Continuamente las repito y vuelvo a extraer alguna enseñanza. Sin embargo, con frecuencia no logro actuar de acuerdo con ellas, cosa que luego lamento. A menudo no puedo reconocer situaciones nuevas en las que podría aplicarlas.
Estas enseñanzas no son inmutables; siempre se modifican. Algunas parecen adquirir mayor importancia, otras quizá resulten menos importantes ahora que en un comienzo, pero todas son significativas, al menos para mí.
Presentaré cada una de ellas con una frase u oración que transmita algo de su sentido particular. Luego la desarrollaré brevemente. No he seguido en su exposición ningún orden especial, pero cabe señalar que las primeras se refieren sobre todo a las relaciones con los demás. Las siguientes, en cambio, corresponden al ámbito de los valores y convicciones personales.


Podría iniciar esta serie de enseñanzas significativas con un enunciado negativo. En mi relación con las personas he aprendido que, en definitiva, no me resulta beneficioso comportarme como si yo fuera distinto de lo que soy*: mostrarme tranquilo y satisfecho cuando en realidad estoy enojado y descontento; aparentar que conozco las respuestas cuando en verdad las ignoro; ser cariñoso mientras me siento hostil; manifestarme aplomado cuando en realidad siento temor e inseguridad. He descubierto que esto es cierto aun en los niveles más simples. No me ayuda aparentar bienestar cuando me siento enfermo.
Lo que quiero decir es, en otras palabras, que en mis relaciones con la gente he podido comprobar que no es útil tratar de aparentar, ni actuar exteriormente de cierta manera cuando en lo profundo de mí mismo siento algo muy diferente. Nada de esto me ayuda a lograr relaciones positivas con individuos. Quisiera aclarar que, a pesar de haber aprendido esto, no siempre he podido aprovechar esta enseñanza de modo adecuado. En realidad, pienso que la mayoría de los errores que cometo en mis relaciones personales  es decir, la mayor parte de los casos en que no logro ser útil a otros individuos pueden explicarse por el hecho de que, a causa de una actitud defensiva, me comporto de una manera superficial y opuesta a mis verdaderos sentimientos.

La segunda enseñanza puede expresarse en los siguientes términos: Soy más eficaz cuando puedo escucharme con tolerancia y ser yo mismo. Con el transcurso de los años he adquirido una mayor capacidad de autoobservación que me permite saber con más exactitud que antes lo que siento en cada momento: puedo reconocer que estoy enojado o que experimento rechazo hacia esta persona, que siento calidez y afecto hacia este individuo, que estoy aburrido y no me interesa lo que está pasando, que estoy ansioso por comprender a este individuo o que mi relación con determinada persona me produce ansiedad y temor. Todas estas actitudes son sentimientos que creo poder identificar en mí mismo. En otras palabras, creo que soy más capaz de permitirme ser lo que soy. Me resulta más fácil aceptarme como un individuo decididamente imperfecto, que no siempre actúa como yo quisiera.
Quizás este punto de vista pueda resultar bastante extraño para algunas personas. Sin embargo, lo considero valioso a causa de que, paradójicamente, cuando me acepto como soy, puedo modificarme. Creo que he aprendido esto de mis pacientes, así como de mi propia experiencia: no podemos cambiar, no podemos dejar de ser lo que somos, en tanto no nos aceptemos tal como somos. Una vez que nos aceptamos, el cambio parece llegar casi sin que se lo advierta.
Otro resultado que parece surgir del hecho de aceptarse tal como uno es, consiste en que sólo entonces las relaciones se tornan reales. Las relaciones reales son atractivas por ser vitales y significativas, Si puedo aceptar el hecho de que este cliente o estudiante me hace sentir molesto o me provoca aburrimiento, podré aceptar con mayor facilidad los sentimientos con que me ha de corresponder. También puedo aceptar la experiencia y la modificación de los sentimientos que surgirán en ambos como consecuencia. Las relaciones reales no permanecen estáticas, sino que tienden a ser cambiantes.
Por consiguiente, me resulta útil permitirme ser yo mismo en mis actitudes; conocer el límite de mi resistencia o mi tolerancia, saber cuándo deseo moldear o manejar a la gente, y aceptarlo como un hecho en mí mismo. Me gustaría poder aceptar estos sentimientos con la misma facilidad con que acepto los de interés, calidez, tolerancia, amabilidad y comprensión, que también constituyen una parte muy real de mí mismo. Sólo cuando acepto todas estas actitudes como un hecho, como una parte de mí, mi relación con la otra persona llega a ser lo que es y puede crecer y cambiar más fácilmente.

Llegamos ahora a una enseñanza capital, que ha tenido gran significación para mí. Puedo expresarla en los siguientes términos: He descubierto el enorme valor de permitirme comprender a otra persona. La manera en que he formulado esta afirmación puede resultarles extraña. ¿Es necesario permitirse conocer a otro? Pienso que efectivamente es así. Nuestra primera reacción ante las afirmaciones que oímos de otras personas suele ser una evaluación inmediata o un juicio más que un intento de comprensión. Cuando alguien expresa un sentimiento, una actitud o creencia, tendemos a pensar: “Está en lo correcto”; o “Es una tontería”; “Eso es anormal”; “No es razonable”; “Es incorrecto”; “Es desagradable”. Muy pocas veces nos permitimos comprender exactamente lo que su afirmación significa para él. Pienso que esto se debe a que comprender es arriesgado. Si me permito comprender realmente a otra persona, tal comprensión podría modificarme, y todos experimentamos temor ante el cambio. Por consiguiente, como ya dije antes, no es fácil permitirse comprender a un individuo, penetrar en profundidad y de manera plena e intensa en su marco de referencia. En efecto, esto es algo que ocurre con escasa frecuencia.
La comprensión es doblemente enriquecedora. Cuando trabajo con pacientes que sufren, descubro que la comprensión del extraño mundo del psicótico, el hecho de comprender y sentir las actitudes de una persona que piensa que la vida es demasiado trágica para ser soportada, comprender a un hombre que se siente un individuo despreciable e inferior, de alguna manera me enriquece. En estas ocasiones aprendo modificándome de modo tal que me torno una persona diferente, con mayor capacidad de dar. Quizá sea aun más importante el hecho de que mi comprensión de estos individuos les permite cambiar, aceptar sus propios temores y sus extraños pensamientos, sus sentimientos trágicos y sus desesperanzas, así como sus momentos de coraje, amabilidad, amor y sensibilidad. Su experiencia y la mía revelan que cuando un individuo comprende plenamente esos sentimientos puede aceptarlos con mayor facilidad en sí mismo. Entonces descubren que tanto ellos como sus sentimientos cambian. Se trate de una mujer que se siente manejada como un títere o de un hombre que piensa que nadie está tan solo y aislado de los demás como él, la comprensión de cualquier persona me resulta valiosa. Pero también, y esto es aun más importante, ser comprendido tiene un valor muy positivo para estos individuos.

Otra enseñanza que ha sido muy importante para mí es la siguiente: He descubierto que abrir canales por medio de los cuales los demás puedan comunicar sus sentimientos, su mundo perceptual privado, me enriquece. Puesto que la comprensión es muy gratificante, me gustaría eliminar las barreras entre los otros y yo, para que ellos puedan, si así lo desean, revelarse más plenamente.
En la relación terapéutica existen una serie de recursos mediante los cuales puedo facilitar al cliente la comunicación. Con mis propias actitudes puedo crear una sensación de seguridad en la relación que posibilite tal comunicación. Es necesario que el enfermo advierta que se lo ve tal como él mismo se ve, y que se lo acepta con sus percepciones y sentimientos.
Como docente también he observado que cuando puedo establecer canales a través de los cuales otros pueden brindarse, me enriquezco. Por esa razón, intento, aunque no siempre lo logre, crear en el aula un clima en el que puedan expresarse los sentimientos y en el que los alumnos puedan manifestar su desacuerdo con los demás y con el profesor. A menudo pido a los estudiantes que formulen por escrito sus opiniones personales con respecto al curso. Pueden decir de qué manera éste satisface o no sus necesidades, expresar sus sentimientos hacia el docente o señalar las dificultades con que tropiezan en sus estudios. Estas opiniones escritas no guardan relación alguna con la calificación. En ciertas ocasiones, una misma sesión de un curso es vivida de modos diametralmente opuestos por los distintos alumnos. Un estudiante dice: “Mi sensación acerca del clima de la clase es una indefinible repugnancia.” Otro, un estudiante extranjero, refiriéndose a la misma semana del mismo curso, manifiesta: “Nuestra clase sigue el mejor método de aprendizaje, el más fructífero y científico. Pero para la gente que, como nosotros, ha debido trabajar durante mucho tiempo con el método autoritario y magistral, este nuevo procedimiento resulta incomprensible. Nosotros estamos condicionados a escuchar al instructor, tomar apuntes pasivamente y leer la bibliografía indicada para los exámenes. No es necesario señalar que se necesita bastante tiempo para abandonar los hábitos adquiridos, aunque éstos sean estériles, infértiles e ineficaces”. Ha sido altamente gratificante poder abrirme para dar cabida a estos sentimientos tan diferentes.
He observado que esto se cumple también en los grupos que coordino o en los que soy considerado líder. Quiero reducir el temor o la necesidad de defensa, de modo tal que las personas puedan comunicar sus sentimientos libremente. Esto ha sido muy interesante y me ha llevado a una concepción totalmente nueva de lo que podría ser la dirección. Pero no puedo explayarme aquí con respecto a este tema.

En mi trabajo como asesor he aprendido aún otra cosa muy importante. Puedo expresarla muy brevemente: Me ha gratificado en gran medida el hecho de poder aceptar a otra persona. He descubierto que aceptar realmente a otra persona, con sus propios sentimientos, no es en modo alguno tarea fácil, tal como tampoco lo es comprenderla. ¿Puedo permitir a otra persona sentir hostilidad hacia mí? ¿Puedo aceptar su enojo como una parte real y legítima de sí mismo? ¿Puedo aceptarlo cuando encara la vida y sus problemas de manera muy distinta a la mía? ¿Puedo aceptarlo cuando experimenta sentimientos muy positivos hacia mí, me admira y procura imitarme? Todo esto está implícito en la aceptación y no llega fácilmente. Pienso que es una actitud muy común en nuestra cultura pensar: “Todas las demás personas deben sentir, juzgar y creer tal como yo lo hago”. Nos resulta muy difícil permitir a nuestros padres, hijos o cónyuges sentir de modo diferente al nuestro con respecto a determinados temas o problemas. No podemos permitir a nuestros clientes o alumnos que difieran de nosotros o empleen su experiencia de manera personal. En el plano de las relaciones internacionales no podemos permitir a otra nación que piense o sienta de modo distinto a como lo hacemos nosotros. Sin embargo, creo que estas diferencias entre los individuos, el derecho de cada uno a utilizar su experiencia a su manera y descubrir en ella sus propios significados es una de las potencialidades más valiosas de la vida. Cada persona es una isla en sí misma, en un sentido muy real, y sólo puede construir puentes hacia otras islas si efectivamente desea ser él mismo y está dispuesto a permitírselo. Por esa razón, pienso que cuando puedo aceptar a un individuo, lo cual significa aceptar los sentimientos, actitudes y creencias que manifiesta como una parte real y vital de sí mismo, lo estoy ayudando a convertirse en una persona, y a mi juicio esto es muy valioso.

La siguiente enseñanza que deseo enunciar puede resultar difícil de expresar. Es la siguiente: Cuanto más me abro hacia las realidades mías y de la otra persona, menos deseo “arreglar las cosas”. Cuando trato de percibirme a mí mismo y observar la experiencia que en mí se verifica, y cuanto más me esfuerzo por extender esa misma actitud perceptiva hacia otra persona, siento más respeto por los complejos procesos de la vida. De esa manera, va desapareciendo de mí cualquier tendencia a corregir las cosas, fijar objetivos, moldear a la gente o manejarla y encauzarla en la dirección que de otro modo querría imponerles. Experimento mayor satisfacción al ser yo mismo y permitir que el otro sea él mismo. Sé muy bien que esto puede parecer un punto de vista bastante extraño, casi “oriental”. ¿Cuál es el sentido de la vida si no pretendemos transformar a la gente? ¿Para qué vivir si no enseñamos a los demás las cosas que nosotros consideramos que deben aprender? ¿Qué objeto tiene la vida si no nos esforzamos por lograr que los demás piensen y sientan como nosotros? ¿Cómo puede alguien defender un punto de vista tan pasivo como el que yo sostengo? Estoy seguro de que las reacciones de muchos de ustedes incluyen actitudes como las que acabo de describir.
Sin embargo, el aspecto paradójico de mi experiencia consiste en que, cuanto más me limito a ser yo mismo y me intereso por comprender y aceptar las realidades que hay en mí y en la otra persona, tantos más cambios parecen suscitarse. Resulta paradójico el hecho de que cuanto más deseoso está cada uno de nosotros de ser él mismo, tantos más cambios se operan, no sólo en él, sino también en las personas que con él se relacionan. Esta es al menos una parte muy vívida de mi experiencia y también una de las cosas más profundas que he aprendido en mi vida privada y profesional.


A continuación expondré algunas otras enseñanzas que no se refieren a las relaciones entre los individuos, sino a mis propias acciones y valores. La primera de ellas es muy breve: Puedo confiar en mi experiencia. Una de las cosas básicas que tardé mucho tiempo en advertir, y que aún estoy aprendiendo, es que cuando sentimos que una determinada actividad es valiosa, efectivamente vale la pena. Dicho de otra manera, he aprendido que mi percepción de una situación como organismo total es más fidedigna que mi intelecto.
Durante toda mi vida profesional he seguido orientaciones que otros consideraron disparatadas y acerca de las cuales yo mismo experimenté ciertas dudas en diversas oportunidades. Sin embargo, jamás lamenté haber adoptado un camino que yo “sentía”, aunque a menudo en esos momentos me sintiera solo o tonto. He descubierto que siempre que confié en algún sentido interior no intelectual, mi decisión fue prudente. En realidad, he comprobado que toda vez que seguí un camino no convencional, porque me parecía correcto o verdadero, al cabo de cinco o diez años, muchos de mis colegas se unían a mí, y mi soledad llegaba a su fin.
A medida que aprendo a confiar más en mis reacciones como organismo total, descubro que puedo usarlas como guía de mis pensamientos. He llegado a sentir cada vez más respeto por esos pensamientos vagos que surgen en mí de tiempo en tiempo, y que “tienen el aire” de ser importantes. Me siento inclinado a pensar que estos presentimientos o pensamientos me llevarán a importantes hallazgos. Considero que esta actitud es un modo de confiar en mi experiencia total, de la que sospecho que es más sabia que mi intelecto. No me cabe duda acerca de su falibilidad, pero la creo menos falible que mi mente cuando ésta opera de manera aislada. Max Weber, hombre de temperamento artístico, expresa muy bien mi actitud cuando dice: “Al ejercer mi propio y humilde esfuerzo creativo, pongo mi confianza en lo que aún ignoro, y en lo que aún no he hecho.”

Con esta enseñanza se relaciona estrechamente el siguiente corolario: La evaluación de los demás no es una guía para mí. Aunque los juicios ajenos merezcan ser escuchados y considerados por lo que son, nunca pueden servirme de guía. Ha sido muy difícil para mí aprender esto. Recuerdo el impacto que sufrí en los primeros tiempos de mi carrera profesional, cuando un estudioso a quien juzgaba un psicólogo mucho más competente e informado que yo, intentó hacerme comprender el error que cometía al interesarme por la psicoterapia. Según él, jamás llegaría a ninguna parte, y como psicólogo nunca tendría siquiera la oportunidad de ejercer mi profesión.
En los años siguientes, en diversas oportunidades me ha sorprendido saber que, en opinión de algunas personas, soy un embaucador, alguien que ejerce la medicina sin autorización, el creador de una especie de terapia muy superficial y dañina, un buscador de prestigio, un místico y otras cuantas cosas similares. También me han perturbado en igual medida las alabanzas exageradas. Sin embargo, nada de esto me ha preocupado demasiado, porque he llegado a sentir que sólo existe una persona (al menos mientras yo viva, y quizá también después) capaz de saber si lo que hago es honesto, cabal, franco y coherente, o bien si es falso, hipócrita e incoherente: esa persona soy yo. Me complazco en recoger todo tipo de opiniones sobre lo que hago. Las críticas (amistosas y hostiles) y los elogios (sinceros o aduladores) son parte de esas pruebas. A nadie puedo ceder la tarea de sopesarlas y determinar su significado y utilidad.

Considerando la índole de lo que he dicho hasta ahora, es probable que la siguiente enseñanza no sorprenda a nadie: Mi experiencia es mi máxima autoridad. Mi propia experiencia es la piedra de toque de la validez. Nadie tiene tanta autoridad como ella, ni siquiera las ideas ajenas ni mis propias ideas. Ella es la fuente a la que retorno una y otra vez, para descubrir la verdad tal como surge en mí.
Ni la Biblia ni los profetas, ni Freud ni la investigación, ni las revelaciones de Dios o del hombre, nada tiene prioridad sobre mi propia experiencia directa.
Para decirlo en términos de los semánticos, mi experiencia es más confiable cuanto más primaria se torna. Según esto, la experiencia adquiere su máxima autoridad en el nivel ínfimo de su jerarquía. El grado de autoridad, por ejemplo, de las experiencias que enuncio a continuación aumenta siguiendo el orden en que las enuncio: leer una teoría de la psicoterapia, crear una teoría de la psicoterapia basada sobre mi trabajo con clientes y tener una experiencia psicoterapéutica directa con un cliente.
Mi experiencia no es confiable porque sea infalible. Su autoridad surge de que siempre puede ser controlada mediante nuevos recursos primarios. De este modo, sus frecuentes errores pueden ser siempre corregidos.

Ahora expondré otra enseñanza personal: Gozo al encontrar armonía en la experiencia. Me parece inevitable buscar el significado, el ordenamiento o las leyes de cualquier cuerpo de experiencia amplio. Este tipo de curiosidad, cuya prosecución encuentro altamente satisfactoria, me ha conducido a cada una de las grandes conclusiones a las que he arribado. Me llevó a buscar la armonía existente en todo lo que los clínicos hacían por los niños, y así surgió mi libro The Clinical Treatment of the Problem Child. Me indujo a formular los principios generales que, al parecer, eran eficaces en el campo de la psicoterapia, y esto a su vez me llevó a escribir varios libros y gran cantidad de artículos, a verificar la validez de los diversos tipos de leyes que creo haber descubierto en mi experiencia, a elaborar teorías que incluyeran el conjunto de conocimientos ya adquiridos y lo proyectaran hacia nuevos campos inexplorados, donde aún era necesario probar su aplicación.
De esta manera he llegado a encarar la investigación científica y la elaboración de teorías como procesos orientados hacia el ordenamiento interno de la experiencia significativa. La investigación es el esfuerzo persistente y, disciplinado que tiende a descubrir el sentido y el orden existentes en los fenómenos de la experiencia subjetiva. Se justifica por la satisfacción que depara percibir un mundo ordenado, y porque toda vez que comprendemos las relaciones armoniosas que regulan la naturaleza obtenemos resultados gratificantes.
De este modo he llegado a admitir que la razón por la que me dedico a investigar y teorizar reside en mi deseo de satisfacer mi búsqueda de orden y significado, que constituye una necesidad subjetiva. En ocasiones anteriores llevé a cabo mis investigaciones por otras causas: para satisfacer a otros, para convencer a adversarios y escépticos, para avanzar en mi profesión u obtener prestigio y por otras razones igualmente superficiales. Estos errores de apreciación, que se tradujeron en actitudes incorrectas sólo han servido para convencerme aún más de que la única razón sólida para desarrollar actividades científicas es la necesidad de descubrir el significado de las cosas.

Otra enseñanza que me ha resultado muy difícil aprender puede ser enunciada en pocas palabras: Los hechos no son hostiles. Siempre me ha llamado mucho la atención el hecho de que la mayoría de los psicoterapeutas, en particular los psicoanalistas, se rehusaron siempre a investigar científicamente su terapia o a permitir que otros lo hicieran. Puedo comprender esta reacción porque yo también la he sentido. En especial durante nuestras primeras investigaciones, recuerdo muy bien la ansiedad con que esperaba los resultados. ¿Y si nuestras hipótesis fueran refutadas? ¿Si nuestros enfoques fueran incorrectos? ¿Si nuestras opiniones no tuvieran fundamento? Cuando recuerdo esas épocas me parece que encaraba los hechos como enemigos potenciales, como posibles emisarios del desastre. Quizás he tardado en aprender que los hechos nunca son hostiles, puesto que cada prueba o dato que se pueda lograr, en cualquier especialidad nos permite acercarnos más a la verdad, y la proximidad a la verdad nunca puede ser dañina, peligrosa ni insatisfactoria. De esta manera, si bien aún me desagrada reajustar mi pensamiento y abandonar viejos esquemas de percepción y conceptualización, en un nivel más profundo he logrado admitir, con bastante éxito, que estas dolorosas reorganizaciones constituyen lo que se conoce como aprendizaje, y que, aun cuando resultan especialmente difíciles, siempre nos permiten ver la vida de manera más satisfactoria, es decir más exacta. Por consiguiente, en este momento los campos de pensamiento y especulación que más atrayentes me resultan son precisamente aquellos en que mis ideas favoritas aún no han sido verificadas por los hechos. Pienso que si puedo abrirme camino y explorar tales problemas, lograré una aproximación más satisfactoria a la verdad, y estoy seguro de que los hechos no me serán hostiles.

A continuación, quiero enunciar una enseñanza que ha sido sumamente gratificante, porque me hace sentir muy cerca de mis semejantes. Puedo expresarla de la siguiente manera: Aquello que es más personal es lo que resulta más general. Ha habido épocas en que, al hablar con estudiantes o colegas o al escribir, me he expresado de modo tan personal que me parecía que quizá nadie más que yo podría comprender mi actitud, por ser ésta tan singularmente mía. Dos ejemplos de esto último son el prefacio al libro Psicoterapia centrada en el cliente que los editores consideraron inapropiado, y un artículo titulado “Persons or Science”. En estos casos, invariablemente descubrí que aquellos sentimientos que me parecían íntimos y personales, y en consecuencia, más incomprensibles para los demás, lograban hallar resonancia en muchas otras personas. Por esta razón creo que, si es expresado y compartido, lo más personal y singular de cada uno de nosotros puede llegar más profundamente a los demás. Esto me ha ayudado a comprender a los artistas y poetas, que son individuos que se han atrevido a expresar lo que en ellos hay de original.

Hay una enseñanza profunda que quizá sea la base de todas las que he enunciado hasta ahora. Me ha sido inculcada por los veinticinco años que pasé tratando de ser útil a los individuos que sufren: La experiencia me ha enseñado que las personas se orientan en una dirección básicamente positiva. He podido comprobar esto en los contactos más profundos que he establecido con mis clientes en la relación terapéutica, aun con aquellos que padecen problemas muy inquietantes o manifiestan una conducta antisocial y parecen experimentar sentimientos anormales. Cuando puedo comprender empáticamente los sentimientos que expresan y soy capaz de aceptarlos como personas que ejercen su derecho a ser diferentes, descubro que tienden a moverse en ciertas direcciones. ¿Cuáles son estas direcciones? Las palabras que, a mi juicio, las describen de manera más adecuada son: positivo, constructivo, movimiento hacia la autorrealización, maduración, desarrollo de su socialización. He llegado a sentir que cuanto más comprendido y aceptado se siente un individuo, más fácil le resulta abandonar los mecanismos de defensa con que ha encarado la vida hasta ese momento y comenzar a avanzar hacia su propia maduración.
No me gustaría que se me comprendiera mal en este aspecto. No ignoro el hecho de que la necesidad de defenderse y los temores internos pueden inducir a los individuos a comportarse de manera increíblemente cruel, destructiva, inmadura, regresiva, antisocial y dañina. Sin embargo, uno de los aspectos más alentadores y reconfortantes de mi experiencia reside en el trabajo con estos individuos, que me ha permitido descubrir las tendencias altamente positivas que existen en los niveles más profundos de todas las personas.

Permítaseme poner fin a esta larga enumeración con una última enseñanza que puede enunciarse brevemente: La vida, en su óptima expresión, es un proceso dinámico y cambiante, en el que nada está congelado. En mis clientes y en mí mismo descubro que los momentos más enriquecedores y gratificantes de la vida no son sino aspectos de un proceso cambiante. Experimentar esto es fascinante y, al mismo tiempo, inspira temor. Cuando me dejo llevar por el impulso de mi experiencia en una dirección que parece ser progresiva hacia objetivos que ni siquiera advierto con claridad, logro mis mejores realizaciones. Al abandonarme a la corriente de mi experiencia y tratar de comprender su complejidad siempre cambiante, comprendo que en la vida no existe nada inmóvil o congelado. Cuando me veo como parte de un proceso, advierto que no puede haber un sistema cerrado de creencias ni un conjunto de principios inamovibles a los cuales atenerse. La vida es orientada por una comprensión e interpretación de mi experiencia constantemente cambiante. Siempre se encuentra en un proceso de llegar a ser.
Confío en que ahora será posible comprender con mayor claridad la razón por la cual no he abrazado una filosofía ni un sistema de principios que pretenda imponer a los demás. Sólo puedo intentar vivir de acuerdo con mi interpretación del sentido de mi experiencia, y tratar de conceder a otros el permiso y la libertad de desarrollar su propia libertad interna, y en consecuencia, su propia interpretación de su experiencia personal.

Si la verdad existe, la convergencia hacia ella estará determinada, a mi juicio, por este proceso de búsqueda libre e individual; en un sentido limitado, esto también forma parte de mi experiencia».


(En Carl R. Rogers (1981): El proceso de convertirse en persona, Barcelona, Paidós.).

* La negrita en los fragmentos escogidos es mía, no aparece en el original.

Más información sobre Carl R. Rogers y la Psicología Humanista:

https://es.wikipedia.org/wiki/Carl_Rogers
https://es.wikipedia.org/wiki/Psicolog%C3%ADa_humanista




domingo, 29 de enero de 2017

Patrones de comunicación





Virginia Satir




«Las personas resuelven de cuatro maneras los efectos negativos del estrés o tensión. Estos cuatro patrones –que llamaré aplacar, culpar, calcular y distraer- se presentaron cuando una persona respondía a la tensión y, al mismo tiempo, sentía que disminuía su autoestima.
Es importante que entiendas que cada vez que hablas lo hace todo tu ser; cuando pronuncias una palabra tu rostro, voz, cuerpo y músculos hablan al mismo tiempo:

Comunicación verbal                        ––palabras
Comunicación corporal/sonora         ––expresión facial, postura corporal, tono muscular,
                                                              ritmo respiratorio, tono de voz, gesticulación.

Las discrepancias entre la comunicación verbal y la no verbal producen dobles mensajes.
Las familias conflictivas que he conocido resolvían su comunicación con dobles mensajes. Estos pueden comunicarse cuando una persona tiene las siguientes actitudes:

  1. Tengo una baja autoestima y creo que soy malo porque me siento así.
  2. Tengo miedo de lastimar los sentimientos de los demás.
  3. Me preocupan las represalias de los demás.
  4. Temo la ruptura de nuestra relación.
  5. No quiero imponerme.
  6. No me doy cuenta de nada que no sea yo, y no quiero dar significado alguno a los demás o a la interacción misma.
Son cuatro los patrones universales que utiliza la gente para resolver la amenaza del rechazo. Al sentir y responder a la amenaza, un individuo que no desea revelar su debilidad tratará de disfrazarla de una de estas formas:
  1. Aplacar, para que la otra persona no se enfade.
  2. Culpar, para que la otra persona la considere fuerte (si el compañero se marcha será por culpa suya, no mía). 
  3. Calcular, para enfrentar la amenaza como si fuese inocua, y la autoestima personal se oculta detrás de impresionantes palabras y conceptos intelectuales.
  4. Distraer, para ignorar la amenaza, actuando como si no existiera (tal vez si actúo así suficiente tiempo, de verdad desaparezca).

APLACADOR

Palabras: aceptación: “Lo que quieras me parecerá bien. Sólo vivo para hacerte feliz”.
Cuerpo: apacigua: “Soy un desvalido”, reflejado en la postura de víctima.
Interior: “Siento que no soy nada; sin ti no vivo. No tengo valor alguno”.
El aplacador habla con un tono de voz congraciador, trata de agradar, se disculpa y nunca se muestra en desacuerdo, sin importar la situación. Es el “hombres sí”, que habla como si nada pudiera hacer por él mismo; siempre tiene que recurrir a la aprobación de los demás. Acepta cualquier crítica contra él y se muestra agradecido de que alguien quiera dirigirle la palabra, sin importar lo que diga o cómo lo haga. No pensará en pedir algo para sí; después de todo, ¿quién es él o ella para pedir nada? Además, si es bueno las cosas llegarán por sí solas. Actitud melosa, de mártir y humilde.

ACUSADOR (INCULPADOR)

Palabras: desacuerdo: “Nunca haces algo bien. ¿Qué te sucede?”.
Cuerpo: acusa: “Yo soy el que manda aquí”.
Interior: “Me siento solo e inútil”.
El acusador o inculpador es aquel que encuentra defectos, un dictador, un jefe que adopta una actitud de superioridad y parece decir: “Si no fuera por ti, todo estaría bien”. El sentimiento interno tensa músculos y órganos; entre tanto, la presión arterial aumenta. La voz es dura, tensa y a menudo aguda y ruidosa. Suele señalar con un dedo acusador. Grita, insulta y critica. Tampoco consideras que tienes valor alguno, así que si puedes lograr que alguien te obedezca, sentirá que representa algo. Dada la conducta de obediencia recibida, se sentirá eficaz.

CALCULADOR

Palabras: superrazonables: “Si alguien observara con detenimiento, podría notar que uno de ustedes tiene las manos maltratadas por el trabajo”.
Cuerpo: calcula: “Soy sereno, frío y controlado”.
Interior: “Me siento indefenso”.

El calculador es un individuo muy correcto, razonable, que no muestra sentimiento alguno. Esta persona parece tranquila, fría, contenida. El cuerpo tiene una actitud distante. La voz es seca y monótona, y las palabras suelen ser abstractas. Busca las palabras adecuadas. Lo triste de este papel es que representa el ideal de muchas personas: “Di lo correcto, no muestres emoción. No respondas”.

DISTRACTOR

Palabras: irrelevantes. Las palabras carecen de sentido o no tienen relación alguna con el tema.
Cuerpo: angulado: “Voy a otra parte”.
Interior: “A nadie le importo. Aquí no hay sitio para mí”.

Esta persona no responde a la situación. Su sentimiento interno es de aturdimiento; la voz puede ser un sonsonete que, a menudo, no armoniza con las palabras, y puede volverse aguda o grave porque está enfocada en el vacío. No va al grano con las palabras. Ignora las preguntas de los demás.

Creo que prendemos estas formas de comunicación desde la infancia. Al utilizar estas cuatro respuestas, el individuo favorece el estado de baja autoestima. Estos métodos de comunicación están reforzados por la manera como asimilamos la autoridad en la familia, y por las actitudes imperantes en nuestra sociedad:
  • “No trates de imponerte; es egoísta que pidas cosas para ti”, refuerza la conducta aplacadora.
  • “No permitas que los demás te humillen; no seas cobarde”, refuerza al acusador o inculpador.
  • “No seas tan serio. ¡Alégrate! ¿A quién le importa nada?”, sirve para reforzar la actitud distractora.
Pero existe otra respuesta a la que he denominado niveladora o fluida; en ella todas las partes del mensaje siguen una misma dirección: las palabras hacen juego con la expresión facial, la postura corporal y el tono de voz. Otro aspecto es que es total y no parcial: el cuerpo, los pensamientos y las emociones se hacen evidentes. El efecto de la nivelación es la congruencia. El mensaje es único y directo. Las relaciones son más fáciles, libres y sinceras, y la gente percibe menos amenazas para su autoestima. Esta respuesta alivia cualquier necesidad de aplacar, culpar, ocultarse o permanecer en movimiento perpetuo.
De las cinco respuestas, sólo la niveladora permite resolver rupturas, abrir los callejones sin salida o construir puentes de unión entre dos personas».

(Fragmentos extraídos de Nuevas relaciones humanas en el núcleo familiar, de Virginia Satir).




Vídeos (sec.)




 Danza:

Diana Vishneva





Publicidad:

Animación de Rogier Wieland y Suus Hessling







Animación de Rogier Wieland